UNA REFLEXIÓN SOBRE OMBLIGOS

 

Voy a hacer una reflexión sobre un asunto que me tiene excesivamente frustrado.

 

Ya son doce años viendo lo mismo.

 

Viendo cómo, por norma general, a las entidades del sector no lucrativo nos encanta agachar la vista para ver cómo nos resplandece el obligo.

 

Y así vamos por el mundo. Con la vista gacha, cegadas por el infinito brillo que creemos que irradia nuestro ombligo; y de paso, restringiendo nuestro panorama a los grises y duros adoquines de la calzada, sin ser conscientes del inmenso panorama que nos rodea.

 

Son doce años acudiendo a jornadas sectoriales, cuya fórmula suele ser la misma: “Soy la Organización A, y hago tal; soy la Organización B, y hago esto. Soy la Organización C, y hago cual…”.

 

Es decir: espacios de encuentro en los que, más que encontrarnos, lo que hacemos es una exposición de ombligos que creemos más resplandecientes de lo que realmente son.

 

¿Por qué no terminamos esas Jornadas, por ejemplo, estableciendo compromisos firmes de desarrollar en conjunto un prototipo o un piloto en base a los puntos fuertes de A+B+C?

 

Es cierto que existen ecosistemas, comisiones, redes de organizaciones que colaboran en conjunto. Y es verdad que el trabajo colaborativo se ha visto potenciado a raíz de la pandemia.

 

Pero la mayoría de las veces estas colaboraciones son muy tibias, son blandurrias. Son colaboraciones que se asemejan a cuando dos personas se dan un apretón de manos flácido y débil. 

 

Son colaboraciones en las que alzamos la vista un poco, alcanzando a tener una tímida visión global del panorama, pero la alzamos de reojo, sin dejar de mantenerla fija en nuestro ombligo.

 

Son colaboraciones, siento decirlo, muy deficientes.

Muy deficientes para lo que se merecen nuestras causas.

Muy deficientes para el correcto desarrollo de nuestras misiones.

Muy deficientes ante el compromiso que hemos adquirido con nuestros valores.  

 

Hace poco escuché algo muy interesante en una mesa redonda. Escuché que en el fondo las entidades del sector lo que tenemos es miedo de que no haya pastel para todas. Y que la solución no es pelearnos por las migajas, sino hacer juntas un pastel más grande. 

 

Todas nos estamos deslomando por construir un mundo mejor. ¿Por qué no construimos un mundo mejor juntas? ¿Por qué no cocinar un pastel más grande entre todas? ¡Cuanto mayor sea el pastel, mayor será también el impacto que alcancemos! ¡Basta de acaparar migajas, atrayéndolas hacia nosotros con nuestras manazas, y empecemos a hacer pasteles más grandes!

 

Juntémonos y trabajemos codo con codo de una vez. Y no sólo sobre el papel. O sobre lo que contamos en notas de prensa más falsas que Judas. O sobre lo que proclamamos en la sentimentaloide omnipantalla de las Redes Sociales.  

 

Reclamo que ya basta de flácidos apretones de manos. Y propongo que nos atrevamos a darnos apretones fuertes, decididos y que impliquen un verdadero compromiso.

 

Giremos ligeramente la vista para fijarnos en el ombligo del que tenemos al lado, y propongámosle unir lo bueno de su ombligo y del nuestro. ¡Arranquémonos el estrangulador corsé del ego!

 

En el Tercer Sector sumar esfuerzos es igual a multiplicar resultados. La ecuación no puede ser más sencilla. Pero no veremos la pizarra donde está escrita si vamos siempre con la cabeza gacha, con el cuello contracturado por el ego, cegadas por la inexistente Estrella Polar que creemos que anida en nuestro ombligo.

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